lunes, 5 de julio de 2010

VALIENTES QUE ARREBATAN EL REINO



"Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos
sufre violencia, y los violentos lo arrebatan" Mateo 11:12


Dios les bendiga:
Platicaba hace unos días atrás con mi hermano que vive en Torreón Coahuila, a través del chat, y me hizo una pregunta que me dejó reflexionando.

La pregunta era referente al papel del hombre en cuanto a la obra de Salvación.
Es decir, si es él o Dios quien decide su destino eterno.
Entendí inmediatamente el sentido de su pregunta.

Sabemos que la obra de redención es una obra sobrenatural de Dios y que El ya hizo todo lo que tenía que hacer al respecto.

Y esa obra se ejecutó en el preciso momento en que Jesucristo desde su cruz, abrió sus labios diciendo:



"Consumado es"
(Juan 19:30)


Es pues la Salvación una dádiva, un regalo de Dios para la humanidad.

Una obra celestial maravillosa planeada en la eternidad y realizada en su cabalidad por Jesucristo, el hijo de Dios hace más de 20 siglos desde un horrible madero.

Es verdad. La salvación no es una obra humana, es divina; surgió del mismo cielo.
El hombre sin ella está perdido por la eternidad y su terrible destino clama por él, desde la más profunda oscuridad:



"Tierra de oscuridad, lóbrega,
Como sombra de muerte y sin orden,
Y cuya luz es como densas tinieblas"


(Job 10:22)

Desde la antiguedad, el hombre ha buscado obtener esta salvación por su propia cuenta: religión, buenas obras; y mediante una vida ascética.

Sin embargo, ninguna de ellas pudo comprar su redención.

La primera le llevó a apoyarse en su propio desempeño, extraviándole, al presentarle diversos senderos, que cada vez le alejaban más y más de aquél que dijo:



"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6)

La segunda, le asentó sobre el falso fundamento de la auto complacencia, de la piedad personal, mas oh, craso error el hombre cometió! pues su esperanza vana será disuelta, tan pronto cierre sus ojos aquí y los abra en la eternidad.

La tercera le llevó al precipicio místico de la soberbia "espiritual"; cuando comenzó a sentirse un ser "especial", superior al resto de sus semejantes.

Dios envió a través de Moisés su siervo las tablas de la ley a su pueblo hebreo. Mas ésta tambien resultó ineficaz para salvar al hombre. Con ella tan solo el hombre recibió la revelación de un Dios tan santo, tan alto y sublime e inaccesible al pecador mortal.

Entonces encontró un breve vislumbre de su gloria mediante el sistema sacrificial que breve y esporádicamente le abría una ventana al cielo. Mas nunca pudo remediar su pecado interno.
Pero Dios en su gracia y misericordia les envió una esperanzadora promesa.

Los santos del Antiguo Testamento vivieron esperando la promesa, atesorando la esperanza y en esa esperanza durmieron.

El reino de los cielos permanecía inconmovible, inaccesible e inexpugnable para la humanidad a través de los tiempos. Hasta ese memorable día en que aquél rústico siervo, llamado Juan el Bautista comenzara a proclamar a voz en cuello:


"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mateo 3:2)
"...Viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lucas 3:16)

Al dejarse oír su voz, el Reino de los cielos comenzó a cimbrarse, a sacudirse.

Por fin venía alguien capaz de hacer trastornar al cielo; aquel cuya sangre lavaría los pecados de la humanidad en pleno. Ante su voz el cielo tembló y las potestades fueron trastornadas. Jamás nadie había logrado eso.


A su paso el universo se rinde y se intimida la creación en pleno. El es Jesus, el hijo del Dios eterno, el que entregara su vida en aquel horrible madero, el que rompiera por nosotros el velo, abriéndonos acceso al cielo.

Sin El, todo sería inútil, no existiría remedio. El sepulcro abriría su garganta reclamando nuestros cuerpos, y el averno oscuro y tormentoso aguardaría a nuestro encuentro:



"Por cuanto TODOS pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23)

Pero llegó Jesús y las tinieblas disipó. A su voz la luz resplandece y la oscuridad huye; tiembla el universo entero. Las potencias de los cielos son conmovidas y al ascender lleno de gloria al Padre, se escucha un glorioso coro angélico:


"Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria"
(Salmo 24:9)

Está consumada. La obra preciosa de redención ya fue ejecutada. El Reino inconmovible fue ya conmovido, su fortaleza inaccesible finalmente fue abierta para recibir a Jesús, el Rey de gloria, y permanecen abiertas; hasta la consumación de los tiempos.

En esta preciosa obra de redención, el hombre no puede aportar nada. Toda su parte en ella radica en la ejecución de su libre albedrío. La Salvacion ya fue ejecutada, Planeada en la eternidad y finalmente consumada.

Cuando los divinos labios se abrieron pronunciando la sublime sentencia, que sellara con broche de oro el glorioso plan de los siglos:

"Consumado es" (Juan 19:30)

El hombre ahora debe no hacer sus oídos sordos, y prestar atención al mensaje de salvación, pues de su libre decisión depende su destino eterno.

Dios nos predestinó para Salvacion a todos, sin hacer acepcion alguna, pues El:

"...No hace acepción de personas de príncipes.
Ni respeta más al rico que al pobre,
Porque todos son obra de sus manos"
Job 34:19

Puso pues esta salvación a nuestro alcance, pero también nos regaló un libre albedrío para elegir amarlo y servirlo o también, si así lo deseamos, dejar de hacerlo. En su infinito amor, no nos obliga a amarlo.
El desea que su obra maravillosa sea suficiente para atraernos a amarlo.

Bendita obra! pues no fue en vano y de ello el cielo y la tierra son testigos.
Sigamos pues adelante, amando y sirviendo a nuestro Cristo. El es digno de mucho más que eso. Aún todos los años que vivamos no bastarían para resarcirlo. Gloria a Dios que no necesitamos hacerlo, porque el don ya fue gratuito:

"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8)

Dios les continúe bendiciendo.

A continuación les comparto un mensaje que recientemente compartí en la iglesia donde sirvo.










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